— por María Herrera
Salía de la ducha y tú esperando por mí desde un extremo de la cama, tus ojos me veían con embeleso. Lo sabía, yo sentía que cuando tus ojos bajaban empezaban a tornarse tristes. Quizá llegaste a imaginar que no te quise. Juguetona aventaba la toalla en tu cara, con prestancia la quitabas de encima. De reojo me mirabas y fingías dormir. Mientras tanto, yo humectaba mi cara y mi cuerpo. Aplicar en mis labios carmín era para ti una señal de alerta. Pero que va, nuestra salida no pasaba del porche donde veíamos caer la tarde de domingo. Mientras te observaba con disimulo cuidabas cada uno de mis movimientos, siempre te observé a través del espejo. A veces te hice creer que no me daba cuenta de tu idolatría hacía mí. De lo recóndito de tu mirada humedeciendo mi corazón. Hubo cosas que no te dije, cosas que me dolían, ¿cómo podía decírtelo? Y siempre supe que adivinaste mis pensamientos acercándote a mí, dándome amor cuando más lo necesité. Recuerdo esa primera vez que llegaste a mi vida, clavaste tu mirada en la mía apenas percibiste mi presencia. Nunca imaginé lo importante que para mí sería tu existencia. Fueron muchos años dedicada a ti, pero tú trajiste mucho más: me diste vida para el resto de mi vida. Fuiste mi cometa danzando en el viento, la manta que abrigó mi frío. Ya no estás, y yo sigo aquí pensando: ¿qué sería de no haber tomado esa decisión? Una decisión tan necesaria y que dolió mucho, pero no podía seguir alargando tu sufrimiento.
Han pasado muchos años, he vuelto a poner carmín en mis labios. Después te hablaré de él… a veces me acompaña en mi caminata. Y en nuestro lugar, tuyo y mío, he plantado rosas.






Deja un comentario