por Omar Gámez Navo

1.- Agradezco mucho al mundo que exista la música, la buena, la que salva, preserva y hace posible la vida en este mundito. He resuelto algunas navidades solitarias en casa escuchando música: horas y horas poniendo aquellos discos raros que no he escuchado nunca. Saco mi libretita de notas en las que he anotado poner atención en las esas canciones de Björk en las que se escuchan esos nuevos (aunque ya no tanto) instrumentos llamado Reactable, Gameleste, Tesla Coils… Esa canción de Bowie que no sabía que hablaba de la decadencia del mundo occidental. Volver a escuchar a Luis Pérez Meza para acordarme de mi apá cuando me decía, mientras señalaba la grabadora, “pon uno bueno” (Se refería a los casetes). Pocas no han sido las navidades que hemos estado mamá y yo solos comiendo un pollo asado al mismísimo estilo de Macario; atesoro en el corazón y la sesera todo lo que hemos platicado con mi jefa en esas Nochesbuenas de nosotros dos.

2.- No me ha pasado nada mejor en la vida que mi hijo exista. Él aún cree en la navidad y los estados de ánimo que ésta implica. Jamás le trastocaría el significado que le ha dado a la fecha. En Nochebuena, a veces nos vamos al cine o al otro día nos metemos a un lugar de comilonga que, claro, él elige y conversamos y nos reímos mucho. El año pasado una de las mejores cosas que me pasaron (espero que a él también) fue habernos metido a una sala a ver la película de El Niño y la Garza del inefable Hayao Miyazaki (Estudio Gibli, 2023). Lo que le sigue de magnífica esa muvi; y las cosas que hablamos León y yo después de salir del cine jamás las olvidaré. Cuando él estaba chiquito no había nada mejor que escucharlo cantar villancicos “avidad, avidad, loca avidad…” Y no puedo más que contagiarme de cierta alegría cuando me habla de los regalos que recibe y aprecia; como ese estilófono edición Bowie que no soltó en seis meses hasta que logró sacarle buenas canciones.

3.- Debe ser algo bueno que la gente se sienta condicionadamente feliz. Pero debe ser extraordinario saber que estamos obligados por una enorme máquina de propaganda y a pesar de ello ser felices. Las y los plebes saben más de esto, nada como su felicidad contagiosa en estas fechas: hay dulces, piñatas, comidas, algunos tendrán juguetes. Otros no tendrán nada de eso, y ahí está lo cabrón. Antes creía que me azotaba pensando en los que no tienen una Navidad como lo marca el estándar. Ya lo hago menos y siento un profundo desprecio por todo lo que provocan las condiciones de desigualdad, lo que hace sentir miserables a unos sobre otros, en esas fechas. Lo mejor sería no saber nada. ¿Qué haces en Navidad? Le preguntaron al escritor Carlos Sánchez. Deprimirme, respondió, y se acabó la entrevista.

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