
~por Lenin Guerrero
De corazón tribal, su carnalismo es de los que te sujetan sin soltar, ligero de palabras, pero desbordando a toda hora la complicidad, la remembranza y la esquina. Para un intruso literario como Carlos Sánchez, no hay definición que alcance. Su agudeza lo ha llevado a vivir más adelantado a los hechos, biología que se anticipa a las verdades: para cuando sus contemporáneos resuelven tomar el teclado, él ya está regresando de los linderos alucinados de su percepción, avivando la llaga en los sentidos de quienes hemos intertextualizado su evolución, desde el periodismo a la fotografía, de la crónica a las vibraciones radiofónicas, siempre en busca de esas historias incurables, pero nunca desalmadas.
Quien busque acomodarse junto a la fogata de estas crónicas debe saber que se encuentra a salvo, el autor ha economizado la tinta de lo superfluo y sólo ha vertido en las páginas la gasolina de los hechos comunes, observados a través del cristal roto de una juventud llena de vértigo, aceleres nada tersos, euforias más bien inflamadas, como aquellos pulmones que deseaban retener los instantes, inhalando las volátiles vibras de la década octava.
En la formación táctica de En el vuelo, los personajes convocados son principalmente poetas, futbolistas, vecinos de un cerro, en un encuentro donde éstos ya no logran distinguirse, porque sus historias adquieren sentido a partir de condiciones materiales y vivenciales. Saltos temporales que son confirmación de al menos dos perspectivas, una juvenil y otra adulta. La primera transcurre en sincronía con esta generación silvestre, en una geografía que no es una instalación ni una escenografía puesta ahí por capricho o para aderezar, porque los lugares nos hablan también, reclaman su existencia como el entorno donde el juego ocurre, la cancha donde el balón obtiene sus cicatrices, donde se eleva y regresa por gravedad a su vocación de registro, de documento esférico. Para nadie está velado que el poder adquisitivo define los sitios, las sustancias; la opulencia y la marginalidad se encuentran como siempre apartadas, pero es en el cerebro donde todo se iguala, lo imaginario se convierte en lo sagrado, la familia, los fantasmas.
La mirada más adulta es el anhelo de ver por escrito el caudal de emociones que lo sujetan de la camisa prestada, de la barba mal rasurada por la prisa, el testimonio del paso de los años en las humanidades que le sembraron una risa, la raza que le tiró un paro, le prestó una silla, con quien se desmigajó un birote para aliviar la tarde, o, simplemente, la que partió sin mediar palabra, para lo cual el cronista acude al anzuelo del recuerdo.
Ya en La Ciudad del Soul (2015), pudo recoger la luz naranja de Hermosillo para devolvernos el reflejo edificante de una veintena de personajes, retratados con imaginación sociológica. Antes, en 2010, con Matar (premio CLS de crónica) nos condujo a los pasillos estrechos de la decisión homicida, pulsada desde el cuerpo que rememora desde una celda.
La realidad siempre ha estado convenientemente empacada, vestida, ataviada. Pero sólo una mirada como la de Carlos atisba a los cerrojos y nos muestra el reverso de los entusiasmos, nos vuelve testigos de un avistamiento del tercer tipo, la invasión ocurre sobre las certezas, la monotonía y las costumbres.
A sus cincuenta y tantos años está acostumbrándose a nombrar la juventud de otros desde los espejos, consciente de que la suya quizá lo ha perseguido más de la cuenta y sólo escribiéndola puede hacerla descansar.



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