—por L. Carlos Sánchez
Quiéranse mucho, que es lo único que queda para después. O quizá lo único que uno se lleva al morir. La querencia de los besos y abrazos. Caminar tomados de la mano, contarse historias de cuando niños y marcar un árbol con sus nombres. Recorrer la ciudad en la Ruta Cuatro, saludar a las señoras que riegan los patios y reír a carcajadas en el último asiento. Decir bajan en la puerta del tianguis porque es domingo y hurgar entre las chácharas es la diversión apremiante, descubrir un libro de viejo y enterarse que un poema dentro alguna vez lo escucharon en una lectura en la plaza, en voz de la autora: Laura Delia Quintero. Quiéranse todo lo que puedan, respiren con el vaho de ambos y en uno solo sientan los segundos latir dentro. Vuelvan al recorrido de secundaria, de cuando tú le llevabas la mochila y ella mezclaba cacahuates japoneses con chamoy que mercó en la cooperativa, y lo hizo pensando en que tal vez se te antojarían. Vuelen al parque y quítense los zapatos, que el pasto les marque de verde la historia para siempre. Arrójense otra vez a la fuente, que el helado de fresa se deshaga, que la paleta de ciruela desfallezca, que las ropas no tardarán en secarse. Sumérjanse en esa alberca improvisada, tómense de la mano, el reto de contener la respiración sea la fórmula para un beso de inmersión. A la presa, como aquella vez en el vertedor cuando el hambre atracó los sentidos y una bolsa con pedazos de pan supo a manjar mientras veían el paso del tren y una parvada de aves migrantes en el toldo de los furgones. El sonido sobre los rieles son las notas de una canción que entonaron nuestros padres, que se dijeron también migrantes y llegaron bendito el día para que tú y yo nos encontráramos. Quiéranse tanto, que los días de juventud se avizoran interminables pero la puesta de sol es el otoño que nos juega una mala pasada y de súbito nos informa que las flores también marchitan. Abrácense de nuevo, ante el menor pretexto, la mejor oportunidad. Deténganse en la calle, atiendan el sonido de esa rola que bailaron en una fiesta de quince años, Hotel California que emerge de una de las casas del barrio y aunque sea a deshoras desenfrenen a ese lúdico bailarín de su interior que nunca les abandona. Ante un café, en el agua fresca de la tarde, jamaica o limonada, el pañuelo terso en la frente de ella en la más delicada caricia para quitar el sudor de los cuarentaicinco grados a la sombra. Al mezquite, a las péchitas, el atole aquel que una vez se prepararon juntos después de jugar a la cuerda y de tantos brincos los antojos. Corroboren la fecha, noviembre trece, la estación de un idilio ante un sí en el compromiso de para siempre. Ámense tanto, despacito o vertiginoso, contra el viento y los pedales de esa bici ergonómica donde caben perfectos. A la ruta inmediata, el azar es una moneda que dispara suerte y guarecerse en la bodega afueras de la ciudad. La lluvia incesante como aquellas veces, como hoy, los charcos y el pantalón entumecido, para luego llegar a casa a inventar mudas y un café con leche, el trazo más perfecto e impecable, todo está dispuesto en la mirada de esa tarde naranja casi ocre. Regresen a las canciones y los poemas. La hora de los novios y complacencias en esa radio que fue parte esencial de la adolescencia y juventud. De cuando una carta la leyó el locutor y entonces supieron los padres que había amor en los hijos y un proyecto inevitable para extender los nombres en la familia. Amarse siempre, como un clamor, como una súplica. El abrazo eterno que sea ahora, porque a los años las taras y frustraciones nos mutilan el silvestre impulso para un abrazo, tan siquiera un abrazo. Quiéranse más. Quiéranse siempre.






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