por L. Carlos Sánchez

Sé que antes fui el repudio a las luces, a todo lo que se movieran en post de la festejancia. La vida y los años. La mesura. También en adolescencia hubo un brandi, de Don Pedro, camisa de reestreno de con la fayuquera, unos tenis deslenguados que pinté con chinola azul. El recicle fantástico.

Andábamos las calles en bola, hasta el amanecer. Por momentos en casa de fulana y sutano, un plato de menudo, tamalitos, y en medio del corral unos leños que atizaban palabras y cantos. Se resolvían dudas y se generaban incertidumbres. A veces a las manos, una que otra patada. Amanecer con los ojos morados y la boca como una pitaya floreada. Esa cultura innata o por herencia. A saber.

Grabadora en mano o encima de los hombros, las lucecitas como una línea a seguir, Sharaona Mía o un Chico nuevo en el pueblo, las cumbias vinieron después. La influencia del gabacho nos movió la cola y le seguimos la cura. Patchuli y la greña larga. Bailar en un solo rincón y sin mover las manos, porque eso sería cosa de fresas.

El amanecer y su esplendor, porque el cerro nos elegía y ante un viento fresco nos brindaba la mirada hacia la ciudad entera. Luego sin dormir, la cita obligada era la plaza Zaragoza, la de Villa se Seris, frente a la Iglesia de Candelaria. Afanábamos chucherías y luego a mojarnos la vida en el canal, nomás por encimita, apenas tocar el agua como para no sentirnos cobardes. Una parvada de pichones era el ritmo de la buenaventura en medio de los dos almacenes del molino. Qué lindo edifico, cuántas palomas apeó el Yayo mi primo con su rifle de postas.

Espantapájaros al fondo de la enramada. Bien bonita la fila con máscaras pintorescas, nomás nos asomábamos por la reja de la ventana y un curón casi interminable, era una de las casas más viejas y bonitas frente al restaurante Xochimilco.

Una vez unos patines, una bicicleta, un papalote que volaba sin requerir del viento, “está tocado por el diablo” decía doña Chela, y allá va a acompañar a las nubes. Los temas diversos que versaban sobre nada. Nomás seguir caminando porque la energía a plomo nos carcomía la intranquilidad. Naranjas con chile de polvo. A veces cacahuates enchilados.

Así la Noche buena y Navidad. El mejor de los regalos: la libertad. Ni a quién rendirle cuentas, andábamos al garete, porque a Santa se le podría olvidar nuestra dirección, pero a nuestros pasos nunca jamás el deseo de volar.

Y háganle como quieran.

Una respuesta a «Santa qué clós»

  1. Avatar de Ramón Fernando Monzón Martínez
    Ramón Fernando Monzón Martínez

    Esto me hace viajar en el tiempo recordar tantas aventuras, amistades unas que ya no están otras que poco o casi nunca frecuento cuántas vivencias gracias por hacerme sentir así talvez un poco nostálgico con tristeza y también mucha alegría

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