
L. Carlos Sánchez
El futbol me salva. Nos salva. Si la memoria se apersona diré que el antídoto para la desgracia fue una pelota sobre el campo y nosotros como locos, persiguiéndola.
Y si no había para comer, y si la noche anterior mataron a nuestro compa, y si el marido disfrazado de celoso y alevoso ponía fin a la vida de su esposa, y si la hermana antes de los quince encontraba mejor cobijo en la casa del vecino…
Nosotros seguíamos allí, en ese taste magnánimo con cuatro piedras delimitando el área de la portería. Pegábamos gritos y carreras. El taste que pronto mutó a campo con medidas reglamentarias para el fut profesional.
Una vez a la Josefina le avisaron que al Teto su hijo le dio un ataque en medio de la cancha, y le dijeron también que no se preocupara, que los muchachos lo sacaron del campo en una carretilla, que lo sentaron afuera de la tienda de don Poly, le compraron una soda Sprite y le echaron sal y limón. “El Teto está a punto de regresar al campo”, agregaron los muchachos.
Y así las tardes sobre la cancha, luego de bajar la cuesta que daba al barrio, con nuestras ropas llenas de cal y arena, porque trabajábamos de pata blanca que no era otra cosa que ayudantes de albañil. Sacábamos para el pan y la bolonia, algunos cocinábamos en estufas de petróleo, otros le atizaban al tambo como hornilla, manteca de res de la que vendía el Nícuri, ese ascendente de chino del barrio La matanza.
La desesperación por la caricia del balón con nuestros pies nos picaba las costillas.
El sudor, en ese tiempo no lo sabíamos, era la similitud de la compuerta por donde la vida nos bañaba de adrenalina-dopamina, ese químico que competía contra el solvente, el ejercicio de inhalar y el ejercicio de jugar. Jugar nos generaba la felicidad entera, por eso las artistas todas que nos envolvían cotidianamente de historias cruentas, nos pelaban los dientes.
¿Quién se puede preocupar por el mañana cuando la euforia está en el pase preciso, en el empeine que acaricia el balón para ponerlo dentro de la portería? Lo ignorábamos todo, no sabíamos que el deporte, aunque fuera una cáscara consuetudinaria, nos blindaba la emoción.
Ni la tragedia más rencorosa, ni el duelo lleno de impacto, ni el compa que ya no está, ni la madre que nunca vino, podía desvestirnos la felicidad. Igual que una falta a rajatabla, nos poníamos de pie y a lo que sigue, siempre y cuando tuviéramos a la vista un balón que se convertía en la fiesta colectiva.
Una cerveza o una coca, el cigarro de la risa allá debajo del mezquite, porque el sol se escabullía para informarnos que el tiempo reglamentario había acabado. Luego la conversación que construye, la crítica al mal trazo desde los zapatos roídos pero firmes con el que se imprimían los pases y desaciertos. Pónmela en el pecho, loco.
Conversar y unirnos. Porque el domingo nos tocaba el tiro con el equipo más bravo de la liga, y el proyecto único de nosotros era el salir victoriosos. Porras de muchachas y muchachos, la línea del campo se abarrotaba de voces que gritaban consignas, éramos los privilegiados que teníamos campo como locales. Un trabuco entrar al barrio, porque mínimo un par de pepinillos se llevaban puestos los contrarios, ilesos: nunca.
Qué machín el balón desde media cancha que una vez el Mula puso en el ángulo, así, sin pensarla, el golpe le vino desde la intuición y tracas. O el penalti que metió el Juani ya en tiempo de compensación, cuando casi, casi, nos quita el invicto ese también trabuco de Villa de Seris, los San Francisco.
No teníamos una vida de presupuesto resuelto, pero sí la gloria de un domingo que nos convertiría en campeones. No había la familia próspera porque eso en el barrio nunca tuvo cabida, tuvimos el asesinato grosero, el arrebato de la inocencia de niñas y niños, fuimos y somos la carne de cañón para la nota roja y el argumento siempre presto para que los policías nos hicieran manita de cochi, porque si eras de Las pilas, o la Hacienda, de la Matanza, despedías un olor a delincuencia.
También tuvimos y tenemos la experiencia que dan las piedras contra el sol. Vivir a contracorriente no tatuó el apellido Dignidad.
Un pase a la final resolvió de manera positiva todos los pesares. Y en la memoria permanecen nuestros héroes que fuimos y somos, nosotros mismos, porque la armamos brava y rompimos patrones una vez que el periódico anunció con letras grandes que el barrio tuvo una temporada “En plan colosal”. La Hacienda de la Flor se corona en una victoria de tres goles a dos… El mundial fue nuestro.




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