~por Ricardo Solís

A Carlos Sánchez (Hermosillo, Sonora, 1970), escritor y periodista a toda prueba, lo conocí hace más de treinta años y, gracias al tino del poeta Abigael Bohórquez (quien nos presentó), comenzó una relación de trabajo y aprendizaje mutuo que continúa hasta hoy. Así, puedo decir que he leído la mayoría de sus libros -si no todos-, que pasan ya de la veintena; y por eso, ahora que llega a mis manos uno de los más recientes, Morir a los veinticinco (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/DGP, México, 2024), la publicación representa una oportunidad para que la colección en que se inscribe cumpla su propósito fundamental, es decir, ofrecer textos destinados “para lectores jóvenes”, como bien indica Oscar Alarcón en su escrito de contraportada.

Ahora bien, esta edición es una compilación de 13 crónicas que fueron publicadas con anterioridad en diferentes medios (impresos o no) y se distinguen, especialmente, por sus variadas características formales pues, en algunas de ellas, se privilegia la entrevista testimonial o el retrato emotivo; en otras, un protagonista ausente se construye gracias a la memoria de los otros; también, el lenguaje adquiere por momentos el tono airado de la poesía o la contundencia del fraseo breve; incluso, los hechos se sostienen por datos verificables que se adhieren al recuerdo familiar y otorgan su barniz de autenticidad a lo que se nos relata. Cabe destacar, por supuesto, que gracias a que ahora conforman un libro, estos textos adquieren una renovada significación gracias a una lectura de conjunto que permite que amplíen la dimensión de sus temáticas, lo mismo que la capacidad para vincularse con la experiencia de quien se acerca a estas historias tan atrayentes como inquietantes.

En estos términos, Morir a los veinticinco me recordó que, en una entrevista que concedió en mayo de 2022 para la revista Tres Puntos, la escritora y periodista argentina Leila Guerriero comentó que “es importante poner el ojo en historias que a lo mejor no tienen tanto protagonismo en la conversación diaria. Podríamos decir el margen, pero no entiendo el margen como marginalidad. Quizá la palabra más adecuada es periferia, todo lo que no está bajo el ojo de lo más notorio. La crónica es, por definición, un género que se ocupa de las periferias, aunque hay que ver qué entiende cada uno por periferia”. Así, me parece patente que Sánchez no deja de poner el ojo en las personas -seres humanos, de carne y hueso- y logra desentenderse de cualquier probable “marginalidad” para, de ese modo, lograr que lo periférico se vuelva central, punto de inflexión para que podamos cuestionar nuestras percepciones y dar cabida a nuevas maneras de interpretar la realidad. Yo creo, a veces, que las crónicas de Carlos Sánchez pueden cambiar de forma constante y combinarse con diferentes estrategias narrativas, pero no pierden su filo, nunca, y son siempre capaces de generar empatía, comunión, solidaridad, entendimiento y comprensión de los otros.

Por otra parte, los elementos que establecen la unión entre estos escritos son sus protagonistas y los escenarios que determinan los momentos fundamentales de su existencia. Si atestiguamos el diálogo entre madre e hijo en el que este último descubre que su cumpleaños prefigura la muerte, conocemos asimismo a una reina de belleza de trágico final o a un bailarín que con sus movimientos nos cuenta de su hermano desaparecido, a lo que se suman un circo pobre y familiar, la soledad de la cárcel y el arte como válvula de escape o posibilidad de creación liberadora, la potencia narrativa del rap, la corrupción institucional, la cercanía del mar que enmarca las historias entrelazadas de un boxeador y un ‘trampa’ que rememora viajes a lomo de tren. ¿Escenarios? Los que el país ofrece, desde Hermosillo o Guaymas (en Sonora), hasta Tamaulipas o la ruta incesante que conduce a los migrantes hacia la materialización de un sueño.

Más allá de hallazgos técnicos o historias singulares “tomadas” del entorno circundante y narradas con eficacia (lo que ya es bastante), creo que la principal habilidad de quienes escriben no se aprende en las escuelas, se trata de algo que sucede -sencillamente- porque, sin evitarlo, quien cuenta y comparte historias lo hace movido (yo creo) porque “sabe escuchar”, como nos revela el personaje de una novela del argentino Ricardo Piglia al evocar a cierto autor europeo que, a principios del pasado siglo, se convirtió, sin pretenderlo, en la “oreja” de su tiempo. Y bueno, sólo me resta consignar que, de forma feliz, Carlos Sánchez tiene un pecho que no es bodega y sus historias habrán de llegar a nosotros porque su oído es sensible y su mano ligera, como puede comprobar quien lea las páginas de Morir a los veinticinco.

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